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Convierte el delantal de la abuela en unas cortinas vintage para la cocina… ¡¡”des-Ikea” tu mente!



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Delantales, mandiles y batas de las abuelas transformados en cortinas para la cocina. Tanta originalidad no la encuentras tú en Ikea ni de coña. ¡¡Des-ikea tu casa!!, ¡¡redecora tu mente, coñe!, ¡Enabuélate!.

Una mirada a antesdeayer:


Foto de x4duros

Erase una vez un delantal pegado a una abuela. Alguna vez he pensado si mi “agüela” no lo utilizaría hasta de camisón.

Antaño, el delantal desempeñaba múltiples funciones además de guardamanchas del vestido. Nunca un trozo de trapo ha dado tanto de sí.

Era una maravilla secando las lágrimas de los críos, y en ciertas ocasiones, limpiando caras sucias, las voceras o hasta incluso las legañas (lo sé, una completa cochinada). Yo hasta llegué a equivocarlo con un pañuelo suena mocos. Pero claro, los mocos de antes eran más sanos, no como los mocos multicolor de ahora, que son uno de los síntomas de “virus mutantes no identificados” habitantes de guardecríos y coles-criaderos y que ningún pediatra te puede presentar con nombre y apellidos.

El delantal servía para transportar los huevos desde el gallinero sin despachurrarse, las zarzamoras silvestres y el palodulce en otoño, las rosas en primavera, y las manzanas con “ojillos gusaneros”. El mandil era la camilla-hospital de los pollitos que necesitaban terapia intensiva, terapia basada en meterles las tiesas patitas en agua congelada, así, de golpe para sacarles de algún síncope o susto.

Cuando llegaban visitas, el delantal de la abuela servía para refugiarte en él si se te subía el “pavo” cuando las vecinas te echaban piropos diseñados para mocosos. Cuando hacía frío, la abuela se envolvía los brazos en él y así se quedaba dando cabezadas con la boca abierta. Aquel viejo delantal, agitado sobre el fuego, oficiaba de fuelle. Y él era el que cargaba con las patatas y sus peladuras, la leña hasta la cocina y las castañas asadas entre las cenizas.

También servía de canasto para llevar las verduras desde la huerta. Los espárragos silvestres, esos desaparecidos olerosos tomates veraniegos, los maduros y dulces higos y brevas. Las calabazas ya no cabían ni de coña por mucho que yo insistiera.

Cuando alguien se presentaba de improviso, el delantal sufría una metamorfosis y ya se podía quitar con él, en un santiamén el polvo de la tele.

A la hora de comer la abuela salía a la puerta y agitaba el delantal, y entonces los hombres que estaban en los campos comprendían de inmediato que el almuerzo estaba listo.

Pasarán largos años antes de que alguien invente un objeto que pueda reemplazar aquel viejo delantal que tantas funciones cumplía

aunque quizás ya no hay abuelas…
que tengan que proteger el el hato (vestido), dado que hoy tenemos muchos, casi de usar y tirar y además disponemos de una maquinucha que nos los lave.

Nuestros hijos ya no lloran como los de antes y sus caritas sucias las lavamos con unas toallitas con crema y mil potingues más.

Ya no tenemos gallinero en casa, ni pollitos, ni terapia para ellos. Con las decenas de terapias diseñadas para nosotros (y desdiseñadas para nuestros bolsillos) ya estamos más que ocupados en “desocuparnos”.

Nuestros hijos ya no son tímidos, ni se les sube el pavo ante un piropo.

Ni necesitamos un delantal para el frío porque hasta venden mangas individuales, tan de moda el año pasado entre las quinceañeras.

EL fuego lo avivamos haciendo un juego de muñeca sobre los mandos de la “fría! vitro.

La leña de la chimenea (quien la tiene) se compra en la gasolinera o similar y son unas briquetas comprimidas ¡que eso no es leña ni dios que lo fundó!.

Y la verdura viene en tarros o congelada en bolsas.

No podemos recoger el fruto de los árboles, porque el árbol más cercano… no sé ni dónde queda.

Tenemos un producto y unas gamuzas ecológicas que repelen el polvo de la tele de plasma XXL.

No tenemos que agitarlo para llamar a comer a nuestros hombres, porque usamos el móvil o directamente comemos separados y solos.

Quizás no echemos de menos los delantales de la abuela, pero si a aquellas abuelas que eran capaces de hacer todo esto por nosotros, los nietos.

Fuente descachifollada: alquimia




2 comentarios sobre “Convierte el delantal de la abuela en unas cortinas vintage para la cocina… ¡¡”des-Ikea” tu mente!”

  1. Iris dice:

    Tan poético, casi me hace llorar!!! Precioso, felicidades a la autora :-)

  2. Shus Hannah dice:

    Qué bonito escrito, y qué pena…

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